Corrrrrrnify!!

Cornify

domingo, 25 de septiembre de 2011

"Por fin empezaba a dar señales de vida."

Situación: Narra Dominic, un chico que está enamoradísimo hasta las trancas de Cam, una chica que desde hace relativamente poco está [o estaba, mejor dicho] en estado de shock por razones que no vienen al caso. Ah, hay que decir que ella es una adicta al sexo y que él, bueno, la quiere más que a nada en este mundo. Dicho esto, pasen y vean.Por cierto, ambos viven juntos, que se me había olvidado decirlo.


Un día, en el que casi me obligaron a ir al instituto, cuando volví a casa, ella estaba de pie, en la cocina, con una camisa mía que le quedaba bastante grande, intentando cocinar algo. Justo cuando abrí la puerta, ella estaba agachada, buscando en uno de los cajones. Al verla, me dio un vuelco el corazón.
Cerré la puerta sin hacer ruido. Escuché que tarareaba alfo, con gesto algo cansado. Carraspeé, agachando leve la cabeza, con una tímida sonrisa. Ella se incorporó, algo asustada. Agachó también la cabeza, aún de espaldas a mí, con una sartén en la mano.
-Te... Te has levantado...- Murmuré, mirando hacia el suelo, intentando controlar el impulso de correr hacia ella y comérmela a besos.
- Nunca llegué a dormir.- Murmuró ella. Alcé un poco la cabeza, mirándola. Había ladeado el rostro, mirándome de reojo, con el gesto serio. Di un par de pasos hacia ella. No sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que si me acercaba más, ella huiría de mí, como si fuese un animal salvaje que intentase cazar. Se dio la vuelta, quedando frente a mí. Su rostro expresaba temor, no sabía la razón. Instintivamente, alcé ambas manos, con las palmas hacia ella, dando un par de pasos más. Noté cómo agarraba con más fuerza la sartén.
-Tranquila.- Susurré, sin apenas mover los labios.- Nunca sería capaz de hacerte daño.- No apartaba mis ojos de los suyos, captando su reacción. Sus ojos se volvieron vidriosos, estaba a punto de llorar.
Di varios pasos más hacia ella, con todo el cuidado y el respeto del mundo. Cuando estuve lo suficientemente cerca, la abracé, con cuidado, con temor a que se pudiese romper. Noté cómo me correspondía al abrazo, con más fuerza de la que jamás habría podido imaginar. Tiraba de mi camiseta, intentando que la agarrara con toda mi alma. La escuché llorar, como nunca había escuchado a nadie llorar.
No pude parar mis impulsos.
Busqué sus labios como si estos fueran los únicos que me salvarían, al igual que ella buscaba los míos.
Echaba de menos sus besos, esos que me mantuvieron noches en vela deseando que se repitieran.  Esos que hacían que mi alma muriese durante un par de segundos y después, volviese a la vida.
Sentía que me empujaban, que Cam me empujaba. Despacio, con suavidad, haciendo que fuese poco a poco hacia la cama.
Me dejé llevar, ya que si la paraba, sería mi perdición y mi billete sin retorno hacia la locura.
Pocos segundos después, tropecé con el borde de la cama, cayendo sobre ésta, haciendo que Cam cayese conmigo. Nuestros labios se separaron por el susto que nos dimos al caer. Nos miramos un instante y, después, el tiempo pareció haberse detenido. Puse una mano sobre su mejilla, acariciándola, con una pequeña sonrisa en los labios.
-No has cambiado.- Susurré, mirándola con ternura. Ella cerró los ojos, sonriendo también ante las caricias que le daba.
-No, y espero que tú tampoco.- Abrió los ojos, mirando los míos con una pequeña sonrisa, casi retándome.
Minutos después, ya volvíamos a ser los de siempre.
Aunque con una pequeña excepción. Ese día no follamos, como siempre habíamos hecho. Esa tarde, hicimos el amor, propiamente dicho.
-Te quiero.- Gimió, minutos después de empezar.
Estábamos abrazados, sin espacios, sin obstáculos de por medio.
Solo ella. Solo yo.
Todo iba a cámara lenta, no parecía real. Ese día sí disfrutamos de nosotros mismos. Ese día sí fuimos felices.
Nuestras respiraciones se mezclaban al igual que nuestras caderas, que parecían una sola. Ambas se movían a la vez, al mismo ritmo.
Ella estaba tumbada, agarrando con fuerza la sábana de la cama, con los ojos cerrados, arqueando de vez en cuando la espalda. Sus piernas, al rededor de mi cintura, me hacían el trabajo algo más fácil.
Yo estaba sobre ella, las manos sobre la cama, a ambos lados de su cuerpo. Mis labios recorrían su cuerpo, mi espalda estaba encorvada para que mis besos resultasen más fáciles de realizar.
Nuestros jadeos, gritos y gimoteos pronto inundaron la habitación. Sí, he de reconocer que yo también gritaba, a veces incluso más que ella.
Segundos después, mi cabeza estaba entre sus pechos, su mano acariciando mi cabeza mientras reía suave. Yo había cerrado los ojos, resistiendo la tentación de volver a hacer lo que acababa de hacer.
Cam, mi Cam, acababa de volver. Y por la puerta grande.

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