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jueves, 1 de agosto de 2013

Sonrisas sardónicas.

Hoy mi madre me ha preguntado que si amo la vida.
Mi respuesta ha sido un rotundo no, sin apenas dudarlo.
Acto seguido, y con bastante sorpresa, lo que no sé si es fingida, me ha preguntado que si Carlos había cortado conmigo.
Mi respuesta volvió a ser un rotundo no.
Después, también sorprendida, me ha preguntado que si, incluso con Carlos, sigo sin amar la vida.
Mi respuesta ha sido una sonrisa considerablemente sardónica y un asentimiento.
Me ha mirado sin comprenderlo, y lo único que he podido decir antes de que las lágrimas me amenazaran, fue un "hombre, si estuviera aquí..."
Y entonces, como poniéndose a la defensiva, se ha puesto a explicarme que, para que me pusiera en su lugar, Carlos, de repente, un completo extraño para ellos, estaba en la parte más alta de las cosas que me importan y que ellos, tras su llegada, han sido relegados como al tercer o cuarto puesto.
Mi respuesta consistió en un asentimiento.
Aunque no es del todo así.
Incluso antes de que llegara Carlos, mi familia estaba relegada a un tercer o cuarto o puede que incluso quinto puesto. Y no lo digo ahora porque esté considerablemente enfadada.
Llevo varios años sin sentirme a gusto en mi propia casa y con mi propia familia, y ese sentimiento se ha visto gratamente intensificado este último año.
¿Sabéis lo que es eso? ¿El no poder estar bien con tu propia familia? ¿"Con tu propia sangre"?
Mi padre me comento hace poco que conmigo se veían perdidos, que no sabían de mis inquietudes, de mis pasiones. Que apenas me conocían.
Dime, ¿cómo me vas a conocer si lo poquito que hacéis es alejarme de vosotros?
¿Cómo puedo vivir yo bien, cómo puedo "amar la vida" si mis propios padres han reconocido el no conocerme?

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